Una gran parte de la población mundial actualmente está afectada por un trastorno de la conducta alimenticia (TCA). Ya en el siglo pasado comenzaron a ocurrir cambios antropológicos, históricos y psico-sociales. Los desequilibrios de la sociedad moderna, junto con el estrés, el estilo de vida, las patologías, las experiencias psicológicas y las variables genético-familiares, pueden hacer que la relación con los alimentos sea conflictiva y problemática. La comida se convierte en un enemigo y surgen así nuevas manifestaciones de diversos malestares psicológicos y existenciales. A esto se añade una fuerte atención mediática hacia los alimentos y la nutrición, junto con una cierta desinformación.
Se estima que actualmente en España millones de personas se ven afectadas por un trastorno de la conducta alimenticia, con una fuerte prevalencia en el sexo femenino y en el grupo de edad de la adolescencia.
Además de la anorexia y la bulimia, que son los trastornos alimenticios más conocidos, hay siempre más casos de trastorno por atracón o Binge Eating Disorder (BED), así como casos de ortorexia, es decir, obsesión por la comida saludable. Estas dos patologías parecen representar los extremos patológicos de esta sociedad actual desequilibrada.
El BED afecta principalmente a mujeres adultas y su prevalencia es del 2-5%. Se define en el DSM-V como una patología caracterizada por atracones repetidos los que se asocian con un aumento constante del peso corporal, sin conductas eliminatorias como el vómito inducido o el uso de laxantes. El atracón en sí mismo representa un síntoma de un estado disociado en el que la persona afectada no puede controlar la situación y toma cantidades excesivas de alimentos de manera impulsiva, generalmente ricos en azúcares y grasas, ya que estos promueven una sensación de gratificación debido a los circuitos dopaminérgicos cerebrales que activan. Así, al problema psicológico se añade una condición médica: la obesidad. En varios estudios, el BED se ha relacionado, al igual que la bulimia y la anorexia, con lo que se conoce como emotional eating, que significa "comer emocional", actitud por la cual los sujetos con un estado de ánimo deprimido tienden a comer de forma incontrolada y en cantidades significativamente mayores (Pinaquy, Chabrol, Simon y Louvet, 2003).
Las personas que sufren de BED experimentan este comportamiento como un impulso implacable en respuesta a un malestar emocional y afectivo interno. Por lo tanto, la comida se convierte en algo reconfortante y de consuelo, mientras que el hambre se confunde con otras emociones como la ira, el aburrimiento o la tristeza.
Una reciente investigación italiana ha evaluado la eficacia de la molécula oleoiletanolamida en el tratamiento del BED: parece que esta sirva para prevenir los atracones, ya que transmite una señal de saciedad, lo que evita de actuar con los comportamientos compulsivos típicos del binge eating. Con estos descubrimientos se abre para los investigadores una nueva vía para encontrar medidas farmacológicas para el complejo tratamiento del BED, que incluye no solo la psicoterapia sino también la corrección de la obesidad que puede llegar a requerir incluso una intervención quirúrgica.
Otra cara de la moneda de la paradójica sociedad moderna es la ortorexia nerviosa. Es un trastorno bastante reciente, definido por primera vez en 1997 por el médico estadounidense S. Bratman como un trastorno caracterizado por un deseo obsesivo de alimentos saludables (Oberle et al., 2017). Según un estudio publicado en Eating and Weight Disorders, la prevalencia sería del 1%. En cambio, según una investigación italiana que ha llevado a la formulación de un cuestionario para identificar a los sujetos que sufren de ortorexia, la prevalencia sería mucho mayor. Por el momento, al no existir criterios diagnósticos establecidos, es difícil estimar su propagación, a pesar de que el fenómeno es clínicamente reconocido.
La ortorexia se asocia con creencias distorsionadas sobre las características nutricionales de los alimentos y la imagen corporal, lo que resulta en comportamientos patológicos como las restricciones dietéticas, las actitudes obsesivas compulsivas y el control maníaco. El resultado es una dieta desequilibrada, que a menudo implica la eliminación de categorías enteras de alimentos en nombre de la propia salud física. Además de estas consecuencias, la vida social y afectiva se ve afectada. Resulta claro que esta patología está inevitablemente relacionada con el exceso de información disponible en internet, a menudo falsa, incompleta y no profesional.
Por lo tanto, el crecimiento exponencial de los TCA va de la mano con las transformaciones socioculturales, las cuales delinean condiciones específicas de malestar psíquico, también en constante evolución. En particular, en Occidente se asiste a una “epidemia social” (Gordon, 1990).
En los casos de los TCA, el enfoque terapéutico más funcional es el basado en el modelo bio-psico-social. Estos trastornos deben ser considerados como un conjunto de factores biológicos, psicológicos y sociales. Por lo tanto, es necesario evaluar y tratar los aspectos fisiológicos desde un punto de vista médico-nutricional, los aspectos emocionales y mentales con una intervención psicoterapéutica y también los aspectos sociales, con un enfoque integrado. Para obtener resultados óptimos en el tratamiento de los TCA, deben involucrarse varias figuras profesionales para promover el bienestar psicofísico y establecer intervenciones psicoeducativas, con el fin de corregir hábitos dañinos, crear nuevos hábitos que sean saludables y coherentes con la propia personalidad y gestionar o prevenir cualquier condición patológica.
